Los cuentos de hadas del siglo XXI

Puede que Disney haya dejado atrás las historias de la típica princesa en apuros que tenía como máxima aspiración en la vida encontrar a su príncipe azul, pero eso no significa que la sociedad haya hecho lo mismo.

A días de irme de intercambio, no podría enumerar cuántas veces me han dicho “te vas a encontrar novio y te quedarás por allá”, “seguro te nos casas y ya no regresas”, “consigue un novio extranjero y ya la hiciste”… supongo que la mitad de esos comentarios son de broma y bajo esa premisa les sigo el juego con gusto, comentando que encontrar un extranjero que me mantenga y me quite de preocupaciones -durante un año- sería lo ideal, sin embargo, en el fondo me queda claro que esa no es mi intención, no es mi prioridad y aún si encontrará a un suizo dispuesto a mantenerme, mi primer instinto no sería aceptar el trato.

Honestamente preferiría escuchar los comentarios que reciben mis amigos hombres que se van de intercambio “ojalá te contrate una empresa alemana y te quedes allá”, “consigue prácticas para que puedas vivir a gusto”, “búscate un buen trabajo y ya no regreses”…  Sus expectativas me parecen más satisfactorias que el triste escenario de quedarme con una carrera trunca a cambio de vivir en el extranjero siendo mantenida por alguien más. No obstante, últimamente he escuchado más “historias de éxito” de chavas “como yo” que se fueron de intercambio, conocieron al amor de su vida y jamás regresaron a México que historias de ÉXITO REAL. Ni una sola persona me ha contado de una mujer que se fue de intercambio y no regresó porque consiguió el trabajo de sus sueños en el extranjero, o alguna mujer que regresará feliz de la vida siendo tan soltera como lo era antes de irse ¿Es que acaso no existen esas mujeres? ¿O por qué admiramos más a las que se consiguen un esposo millonario en vez de un buen trabajo? Pensar que la escala del éxito y de la felicidad de una mujer siguen dependiendo de un hombre, me da rabia e impotencia.

Quizá mi error está en asumir que entre los sueños más preciados de la mayoría de las mujeres se encuentra el de conseguir trabajo antes que el de conseguir esposo. Me doy cuenta que con los años, los cuentos de hadas solo han cambiado de personajes, palabras y escenarios pero no de final; y eso me decepciona. Uno pensaría que con lo que hemos avanzado como sociedad podríamos crear mejores finales, más retadores y definitivamente más felices. Me daría mucho gusto que más gente me preguntara sobre mis planes profesionales, sobre las materias que voy a cursar, mi verdadero objetivo de hacer este viaje, entre otras muchas cosas que no tienen nada que ver con los hipotéticos hombres con los que ya me ven casada… Sé que todos lo sugieren con la mejor intención y agradezco sus buenos deseos pero considero que como sociedad podríamos -y deberíamos- comenzar a buscar mejores formas de desearle “éxito” a una mujer.

Finalmente, admito que escribir esto es un arma de doble filo pues quizá en menos de un año estén recibiendo las invitaciones a mi boda en Suiza, pues rechazar un cuento de hadas no debe ser fácil, pero pienso que echar por la borda todo lo que he estudiado y por lo que he trabajado a cambio de un hombre debe ser mucho más difícil. No me malentiendan, puedo ser tan romántica como cualquier otra -o en ocasiones, más que otras-, también creo en el amor verdadero y claro que espero encontrar a mi media naranja algún día; por supuesto que quiero el cuento de hadas es solo que el “final feliz” que me cuentan todos no me parece suficientemente “feliz”…

En pocas palabras, diría lo mismo que la disruptiva protagonista de Mujer Bonita dijo:

Cuando era niña, mi madre solía encerrarme en el desván cuando estaba mal, lo cual era bastante frecuente. Y yo… fingía que era una princesa atrapada en una torre por una reina perversa. Y entonces de repente este caballero… sobre un caballo blanco, con estos colores, volando vendría cargando y sacando su espada. Y yo lo saludaría. Y él subiría por la torre y me rescataría. Pero nunca en todo el tiempo que tuve este sueño, el caballero me dijo: “Vamos, nena, te pondré un gran condominio”.

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Verte otra vez

Y entonces no sé si soñé o era suya la ardiente voz que me iba diciendo al oído “me moría de ganas, querido, de verte otra vez”. – J. Sabina

Te extrañaba. Esperaba que regresaras para que pudiéramos hablar una vez más, pero está vez en persona. Tú sabes bien que cuando te fuiste dejamos muchas cosas pendientes. Prometiste que las resolveríamos a tu regreso mas en este momento no sé si quieras hacerlo. Te veo tan feliz y me duele saber que lo eres sin mí…

¿Cómo se conocieron? Me dices ahora que crees en el amor a primera vista y te pregunto ¿también crees en los deseos que pedimos a las velas del pastel, crees en las hadas madrinas y en estrellas fugaces que vuelven realidad los sueños? Te recomiendo que no, mi amor, pues confieso que en mi último cumpleaños pedí que estuvieras de vuelta a mi lado y si alguien me concediera un deseo pediría que jamás le hubieras conocido, por si fuera poco, te confieso que en las noches de cielo estrellado pido que le olvides rápido.

Me dices que lo nuestro es pasado pero juro que viajo en una máquina del tiempo cada que te veo; de inmediato siento de vuelta en mi estómago a mil mariposas revoloteando y es como si el tiempo se hubiera congelado.

Cuando te fuiste me quedé con muchas cosas sin decir, confiando en que después tendríamos la oportunidad de hablar pero hoy no será igual. Hoy, antes de despedirnos, quiero que sepas que estos meses te extrañe como jamás he extrañado a nadie y que pasé todo este tiempo conteniendo la respiración a la espera de tu regreso pues cuando te fuiste, te llevaste contigo el aire.

Aunque la distancia me traicionó y el tiempo se volvió mi peor enemigo cuando juntos te apartaron de mí, la soledad fue el único testigo de mi amor. Si la escucharas hablar a mi favor te darías cuenta que cumplí con gusto mi promesa…

Prometí esperarte y aquí estoy, aunque regresaste yo sigo esperándote, amor.

 

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Yo maté a Hannah Baker.

Aún siento un hoyo en el estómago.

Si estás acostumbrado a ver series como entretenimiento que te distraigan y no te hagan reflexionar sobre la vida, probablemente te equivocaste al ver 13 reasons why. Y probablemente será de las mejores equivocaciones que hayas cometido esto año…

A menos de un mes de que se estrenara esta polémica serie en Netflix, pareciera que ya todo se ha dicho sobre ella. La han criticado y alabado al mismo tiempo, pero precisamente esa controversia le ha ayudado a cumplir su objetivo: incitar conversaciones sobre el suicidio, el bullying, la violencia sexual y otras problemáticas que afectan principalmente a los adolescentes.

Es probable que encuentres algunos spoilers en este post pero a estas alturas me sorprendería que no hayas visto la serie o, en su defecto, escuchado TODO sobre ella pues ese fue uno de mis mayores retos en estas últimas semanas. #spoilerseverywhere

Comencemos por spoilear el final: Sí, Hannah se suicida. A pesar de que el tema principal parezca ser precisamente “el suicidio de Hannah Baker” en realidad eso tan solo fue la consecuencia de una “serie de eventos desafortunados” (por llamarlos así) en la vida de una adolescente who felt too deeply.

Si en algún momento tú también pensaste que Hannah era demasiado dramática, no te culpo, Clay y los demás personajes también lo hicieron, aunque eso no pareció reconfortarlos al respecto de su suicidio.

Personalmente, en más de una ocasión me desesperó más Clay por las cosas que no hacía o decía, que Hannah por lo que intentaba hacer o decir.

Sin embargo, lo que verdaderamente encuentro preocupante después de ver 13 capítulos que exhiben diversas formas de bullying y acoso sexual es el hecho de que la mayoría de los espectadores, como los personajes, todavía sintamos que nada fue “suficiente” razón para incitar a un suicidio o que la acusación de una violación no está clara. Considero que este pensamiento tan cerrado habla de nuestra alta tolerancia a vivir en una sociedad acostumbrada a la violencia “bajita la mano”, a los abusos de poder y al bullying que disfrazamos como “carrilla”.

Las cosas como son. Hay que aprender a nombrar nuestros sentimientos y actos. Si sientes dolor, insatisfacción o tienes ganas incontrolables de llorar estás experimentando una profunda tristeza y cuando una persona se aprovecha sexualmente de otra sin su consentimiento explícito es una violación.

Justamente, de las problemáticas expuestas en la serie, lo que más me impactó fue la familiaridad con la que suceden los abusos sexuales y que, tal parece, aún no tenemos suficiente consciencia sobre la magnitud del problema. El peligro de ser violada no está exclusivamente en las calles, ni en el antro o en la playa, está en tu salón, en la fiesta de tu amigo, está en tu propia habitación.

Si eres mujer ¿alguna vez consideraste que el peligro puede representarlo no solo el albañil que te chifla en la calle, sino también el mirrey que se sienta a tu lado?

¿Qué hay del consentimiento? Hacer una pregunta y esperar una respuesta parece pedir demasiado. ¿Qué pasa con el pensamiento machista? Si eres hombre espero que jamás creas que una falda, un guiño o una mujer borracha es “pedir que la violes”. Si eres mujer, mantente atenta de no culparte a ti misma porque no estamos exentas de ser machistas.

Posiblemente en algún punto tú también pensaste que Hannah no debía haber usado vestido esa noche en el parque o haber ido a la cita el día de San Valentín o haberse quitado la ropa en casa de Bryce pero ¿no es ese el pensamiento más desconsolador? Pensar que Hannah debería haber dejado de vivir para poder existir.

  • Las faldas cortas no provocan una violación, la provoca el violador.
  • Caminar sola de noche no provoca una violación, la provoca el violador.
  • Coquetear no provoca una violación, la provoca el violador.
  • Emborracharse no provoca una violación, la provoca el violador.

Todos culpamos a la víctima pero ¿qué tal si la culpa la tienes tú? Ni siquiera por ser el violador, sino por ser un observador pasivo o por haber tenido la oportunidad de hacer algo para impedirlo pero decidir ignorar el problema, tal como ignoramos la mayoría de las cosas que nos incomodan. Si algo nos enseña la segunda cinta de Justin es que el problema no es solo el que comete el abuso, sino el que se queda viendo sin hacer nada.

Como hizo notar Alex en medio de uno de sus ataques de sinceridad, letreros asegurando que “el suicidio no es una opción” no van a salvar a alguien que lleva tiempo sufriendo. Hay que ver la otra cara de la moneda, quizá no es solo la víctima quien necesita atención sino los abusadores que nadie se detiene a observar. Promover un ambiente más amable, una convivencia más pacífica y una actitud menos abusiva podría ser la solución que no hemos explotado lo suficiente en todos los aspectos de nuestra vida.

Parte de mi desea una segunda temporada que de closure a cuestiones como ¿qué pasa con Alex? ¿Bryce recibe su merecido? ¿qué hará Tyler? pero la mayor parte de mí espera que estas 13 horas de lecciones de vida basadas en muerte, se vuelvan una pequeña guía para hacernos más conscientes de nuestras acciones pues espero que, a diferencia del inepto consejero estudiantil, no necesitemos una cinta 14 para que nos quede claro el mensaje.

Nunca sabes cómo dañaran tus palabras o acciones a alguien más, si bien esto no te hace responsable de sus decisiones consecuentes, si hay algo mínimo que puedas hacer (o evitar hacer) por alguien, asegúrate de que sea AHORA MISMO. No esperes para decir algo amable. No tengas miedo de actuar correctamente.

Por último, si alguna vez un amigo te busca con urgencia, atiende su llamada. No solo le respondas ese mensaje, búscalo. No le digas que todo va a estar bien, escúchalo. DE VERDAD ESCUCHALO, deja ese celular y si tu presencia es lo único que puedes darle a esa persona que grita en silencio por tu ayuda, be there. Visítalo, invítalo a salir, no lo dejes solo. La tarea, tus hobbies, la escuela, todo puede esperar menos la oportunidad de ayudar a alguien que te necesita. Lo que puede parecer un pequeño sacrifico para ti podría ser lo más significativo para la vida de alguien más. Creo que todos podemos coincidir en que es muy raro que alguien -explícitamente- pida ayuda para salvar su vida pero muchos de nosotros lo hemos hecho en alguna ocasión con pequeñas señales. Hay que darnos el tiempo de observar a nuestros seres queridos pues un solo parpadeo bastaría para perderlos.

¿Los cambios siempre son buenos?

A finales del 2016, después de una semana de mucha tensión por exámenes, entregas de proyectos y carga de trabajo; el empacar, hacer los trámites para un cambio de campus y buscar casa en otro estado resultaba una tarea mucho más pesada de lo normal. Entre tantas cosas por hacer me preguntaba si realmente valía la pena “complicarme” la vida de esa forma, cambiándola por completo…

Examiné mis opciones, entre ellas, quedarme en la ciudad en la cual había vivido los últimos 8 años, en donde había hecho grandes amistades, había permanecido por el tiempo más largo en la misma escuela, donde además recibía el apoyo constante de mi familia y tenía un ritmo de vida al cual ya me había acostumbrado. La costumbre, por otro lado, no es algo que me emocione… imaginarme comenzando un nuevo año en el mismo lugar, quejándome de las mismas cosas, me hizo darme cuenta que sobre todas las razones que pudiera encontrar para quedarme, había una que pesaba más para irme:

No podía ser de esas personas que se la viven quejándose de todo pero no cambian nada.

En los últimos meses había pasado por una extraña y desmotivadora etapa en la que no me sentía la persona optimista y positiva que siempre había sido. Había intentado cambiar mi perspectiva, mis hábitos, mis intereses, todo para ver si algo de lo que me incomoda cambiaba, sin embargo, veía que pasaba el tiempo sin que mi desalentador estado de ánimo mejorara. Por supuesto que había muchas cosas que me gustaban de mi vida en aquella ciudad, tantas que comenzar a enlistarlas resultaría tedioso de leer pues había entre ellas muchos detalles que me hacían muy feliz pero por alguna razón las grandes cosas no me emocionaban como antes lo hacían.

En esa etapa creo que era natural preguntarme ¿qué estaba mal conmigo? ¿por qué si nada en mi vida había cambiado, no me sentía tan feliz como antes?

La respuesta resultó sencilla pero no obvia para mí: yo había cambiado.

Dejemos claro que crecer es inevitable, madurar es casi obligatorio pero cambiar es inexplicable.

Hay gente que crece pero no madura y seguro todos conocemos algún Junior que es el vivo ejemplo de esto. También hay que gente que crece y nunca cambia, esa persona que sigue cometiendo los mismos errores una y otra vez, sin aprender de ellos y sin preocuparse por repetirlos. Hay gente que madura pero no cambia, aquel que tal vez ahora sea más responsable pero en el fondo tiene los mismos sentimientos que tenía hace unos años. Finalmente, hay gente que crece y cambia (normalmente para mal) y gente que crece, madura y cambia ¿eres uno de ellos?

A diferencia de crecer y madurar que comúnmente suceden en etapas muy específicas, como pasar de la niñez a la adolescencia o de la adolescencia a la adultez, cambiar llega en momentos muy distintos para cada persona o en ocasiones, no llega. Algunos podrán cambiar durante la pubertad mientras otros cambiarán después de vivir una situación difícil pero habrá gente que morirá siendo los mismos de siempre.

Es aquí cuando la trillada frase de “los cambios siempre son buenos” me resulta llamativa puesto que siempre había supuesto que se refería exclusivamente a cambios externos como teñirte el cabello, comprar ropa diferente o mudarte, pero jamás lo había concebido como algo interno, cambiar de pensamiento, cambiar tu forma de ser, cambiar tus expectativas… Y en ese caso ¿cuándo fue que yo cambié? ¿Cómo podían ser buenos los cambios si ahora me sentía tan perdida?

Eso es algo que crecer, madurar y cambiar sí tienen en común: es confuso, inesperado y a veces difícil.

Posiblemente tú, como yo, en algún momento deseaste “ser grande” pero más tarde te arrepentiste y pediste no crecer, no dejar de ser niño, posiblemente esto sucedió en la pubertad cuando las hormonas nos juegan malas pasadas pero después cuando obtuviste tu IFE (o “INE”) te volviste a sentir bien, al menos por un rato, antes de que te dieras cuenta de todas las responsabilidades que eso implicaba, ahora estabas en edad de decidir, elegir carrera, pensar en tu futuro ¡e incluso pensar en el futuro del país e ir a votar! Creciste, maduraste y quizá entre todo eso, también cambiaste. Pero cambiar no tiene síntomas específicos, pues como dije antes, no tiene etapas definidas y tampoco viene con responsabilidades precisas como las que aceptas cuando maduras.

Cambiar es subjetivo (si es válido llamarlo así) no hay una métrica definida para saber cuánto hemos cambiado, no hay nadie que lo avale, no hay siquiera una definición que explique qué entra en los límites de “cambiar”, básicamente no tiene principio ni fin.

No pretendo explicar cómo fue que yo cambié, ni cómo es que tú podrías hacerlo, puesto que muchos de los cambios que vivimos no son conscientes, nosotros no los decidimos. Podemos decidir cambiar nuestro estilo de vida, nuestras metas y hábitos pero los verdaderos cambios son los resultados de estas acciones, o de no realizarlas también, y son resultados que notaremos el día en que menos lo esperemos, quizá un día que despertemos con renovadas ganas de experimentar algo nuevo o por el contrario un día en que nos sintamos perdidos o fuera de lugar, ahí nos daremos cuenta que si todo a nuestro alrededor sigue igual, seguramente lo que habrá cambiado seamos nosotros.

¿Que si los cambios siempre son buenos? Te invito a que tú lo descubras, no sin antes advertirte que sin importar lo extraño, lo mal o lo difícil que se sienta, los cambios tampoco son definitivos y, en mi experiencia, aceptarlos vale la pena.

21

Hoy cumplo 21 años pero ni la fecha ni la edad importan, lo que importa es lo que está por venir…

He vivido casi 9 años en San Luis Potosí pero desde hace tiempo, incluso antes de entrar a Universidad, había considerado regresar a mi pueblo natal, la caótica Ciudad de México. Todos hemos leído esa frase tan cursi de Chavela Vargas que los millennials hemos restregado en redes sociales sin piedad (y sin citar porque ya nadie recuerda ni se interesa por saber quién la dijo primero):

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La frase en realidad es triste, no solo nostálgica, pero por consenso general solo se utiliza la primera parte para postearla al pie de nuestras fotos en Instagram cuando vamos de viaje.

Sin embargo, concuerdo con la frase completa y no creo que mi razón para regresar a ese lugar que tanta gente ama-odia sea solo por la nostalgia de revivir el pasado, sé que muchas cosas han cambiado (y como en otras ocasiones, el decir “cosas” engloba personas, lugares, etc…) pero no mentiré diciendo que no tengo buenas referencias de aquel pasado, uno al que no me molesta regresar.

Aunque regresar parezca retroceder, para mí significa avanzar. Sé que al volver a esa ciudad las cosas serán completamente diferentes, claramente no es lo mismo vivirla a los 11 años que a los 21, pero confío en que un nuevo comienzo siempre es bueno. Hace 9 años no estaría tan segura de eso (lloré desconsoladamente cuando me dijeron que nos mudaríamos de estado) pero hoy no me arrepiento y si pudiera decirle algo a esa niña de 11 años que lloraba en el carro mientras buscaban casas en San Luis, sería muy claro:

Deja de llorar, hay muchas más cosas esperándote en este lugar de las que puedes ver por la ventana. Estás a punto de conocer a gente increíble que marcará tu vida, harás nuevos amigos, no morirás sola en el intento, tus amigos de México no te olvidarán (tan fácilmente) y siempre podrás contar con ellos. Aprenderás lo que significa la amistad, la verdadera amistad, esa que no se afecta con el tiempo ni la distancia sino que se hace más fuerte. Te sorprenderás cuando descubras que la gente ve la vida de maneras muy diferentes, crecerás en un ambiente retador, en una sociedad muy compleja (y con muchos complejos) pero te hará madurar y ser más autocrítica. Tendrás oportunidades inigualables, descubrirás pasiones que no imaginabas que tenías, te sentirás segura de muchas cosas e insegura de muchas otras pero siempre tendrás a gente apoyándote, aconsejándote e inspirándote. Tu relación familiar se fortalecerá y agradecerás cada segundo que pasas con tus papás y tu hermanito, esperando con gusto ver al resto de la familia durante vacaciones, puentes o festejos. Te volverás muy culta, seguirás leyendo tanto como siempre y escribiendo aún más, pero además conocerás otro mundo de primera mano, buscando qué hacer encontrarás qué amar, te volverás fan de ir a museos, ver cine independiente, ir a conciertos de ópera, ir al teatro, participar en concursos creativos, organizar congresos, viajes, talleres… y todo esto te emocionará, le dará sentido al espacio y al tiempo. El cielo te enamorará y el clima te enloquecerá, apreciarás los rayos de luz por la mañana, las nubes en el cielo a veces azul, a veces rosa o naranja, apreciarás las noches por mostrarte brillantes lunas y millones de estrellas, te quejarás del calor y cuando menos te des cuenta morirás de frío. Seguirás soñando despierta.

Claro que he pensado en quedarme (¡cómo no pensarlo!) mi familia, mis amigos, mi hogar… la escuela, la rutina, los prejuicios… hay tantos pros como contras y la verdad creo que la vida en sí misma es así, la mayoría de las situaciones que enfrentamos exigen que tomemos decisiones que no siempre se pueden basar solo en la razón, a veces es necesario ponerle corazón, o quitarle sentido, sí, a veces o siempre es muy complicado decidir.

Mucha gente me ha dicho “sí, tienes que irte, perteneces allá” y no, no me están corriendo, de hecho la gente que lo ha dicho es gente que de verdad me aprecia y que yo adoro. Lo han dicho quizá porque ven lo que yo veo: oportunidades.

Considero que esta decisión de dejar un estado por otro se asemeja a las veces que vamos de compras y encontramos algo que nos encanta pero no lo compramos porque creemos que si seguimos buscando encontraremos algo aún más cercano a lo que habíamos imaginado, algo que nos ofrezca un valor agregado que aunque no sea mejor que el primero, sea el indicado para nosotros, entonces dejamos lo que vimos primero no porque no nos guste sino por la expectativa, la buena fe, la esperanza, yo que sé…

Hace un tiempo sentía que tenía todo claro, quién era, qué quería, a dónde iba… hoy debo aceptar que no me siento tan segura de saberlo todo pero que estoy dispuesta a seguir buscando, seguir aprendiendo y seguir soñado. Acepto que los cambios dan miedo pero es la clase de miedo que prefiero sentir, ese miedo que se siente en el estómago entre un hueco o miles de mariposas, el miedo que de pronto se transforma en emoción por vivir lo que está por venir.