Verte otra vez

Y entonces no sé si soñé o era suya la ardiente voz que me iba diciendo al oído “me moría de ganas, querido, de verte otra vez”. – J. Sabina

Te extrañaba. Esperaba que regresaras para que pudiéramos hablar una vez más, pero está vez en persona. Tú sabes bien que cuando te fuiste dejamos muchas cosas pendientes. Prometiste que las resolveríamos a tu regreso mas en este momento no sé si quieras hacerlo. Te veo tan feliz y me duele saber que lo eres sin mí…

¿Cómo se conocieron? Me dices ahora que crees en el amor a primera vista y te pregunto ¿también crees en los deseos que pedimos a las velas del pastel, crees en las hadas madrinas y en estrellas fugaces que vuelven realidad los sueños? Te recomiendo que no, mi amor, pues confieso que en mi último cumpleaños pedí que estuvieras de vuelta a mi lado y si alguien me concediera un deseo pediría que jamás le hubieras conocido, por si fuera poco, te confieso que en las noches de cielo estrellado pido que le olvides rápido.

Me dices que lo nuestro es pasado pero juro que viajo en una máquina del tiempo cada que te veo; de inmediato siento de vuelta en mi estómago a mil mariposas revoloteando y es como si el tiempo se hubiera congelado.

Cuando te fuiste me quedé con muchas cosas sin decir, confiando en que después tendríamos la oportunidad de hablar pero hoy no será igual. Hoy, antes de despedirnos, quiero que sepas que estos meses te extrañe como jamás he extrañado a nadie y que pasé todo este tiempo conteniendo la respiración a la espera de tu regreso pues cuando te fuiste, te llevaste contigo el aire.

Aunque la distancia me traicionó y el tiempo se volvió mi peor enemigo cuando juntos te apartaron de mí, la soledad fue el único testigo de mi amor. Si la escucharas hablar a mi favor te darías cuenta que cumplí con gusto mi promesa…

Prometí esperarte y aquí estoy, aunque regresaste yo sigo esperándote, amor.

 

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Cruzando el río

Dicen que la dificultad de mudarte es que no sabes si te están extrañando o te están olvidando…

El miedo a la soledad podría parecer irracional, sin embargo, en realidad tiene fundamento y es que al llegar a un lugar nuevo en donde no conoces a nadie, es palpable el sentimiento de ser un extraño, un invasor y un auténtico desconocido para todos ahí.

Muy pronto te das cuenta que hay grupos conformados no solo con chistes locales que no entiendes sino con historia, con recuerdos que no compartes y momentos que no presenciaste. Y estando entre desconocidos que se conocen entre sí, te queda más claro que nunca que (aún) no perteneces ahí.

También estás muy consciente de que la vida en casa continua, la historia sigue corriendo, tus amigos están riéndose de cosas que no comprenderás cuando vuelvas, tus hermanos están creando memorias juntos que no compartirás cuando los veas de nuevo y tu familia tendrá recuerdos que serán ajenos a ti la próxima vez que abras el álbum familiar.

El miedo es el único que te acompaña mientras te das cuenta que estás en medio de dos lugares a los que no perteneces pues de uno te fuiste y al otro acabas de llegar. Conoces a gente que aún no te acepta por completo pero no puedes juzgarlos porque sabes que las relaciones se basan en confianza y crear un lazo así requiere tiempo.

Además tú tampoco los aceptas por completo aún, pues extrañas a tu “grupito” y las cosas que los hacían únicos. No obstante, necesitas aceptar a estos nuevos amigos, necesitas contar con alguien para “contarle a alguien” pues a veces parece que a la gente que dejaste atrás ya no le interesa lo que tengas que decir porque estás muy lejos o si se interesa no lo entiende en verdad porque no lo están viviendo y tampoco puedes culparlos pues es obvio que su vida sigue avanzando y llenándose de cosas propias que contar a alguien que se pueda relacionar.

Mientras estás lejos de casa tienes miedo de que tus amigos te olviden, te dejen de hablar o dejen de preocuparse por ti. Obviamente no quieres perder las relaciones que construiste previamente pero tampoco es sencillo conservarlas sabiendo que una relación se nutre día a día y se basa en los pequeños momentos juntos, a veces los segundos más irrelevantes son los que más impactan pero ya no estás ahí para crear, para vivir y para compartir esos momentos. Ahora solo puedes compartir palabras, algunas fotos y quizás una llamada pero no hay más para asegurar su amistad. ¿Con eso bastará?

El miedo a la soledad sigue ahí. Es como estar de pie en medio de un río tratando de estirar tus brazos hacia ambas orillas, sin querer alejarte demasiado del lado que acabas de dejar atrás pero al mismo tiempo con ganas de alcanzar el nuevo lado al que estás por cruzar. Ojalá tus brazos pudiesen ser más largos y tocar ambas orillas para sentirte seguro en medio de la corriente pero sabes que eventualmente tendrás que avanzar. Puedes retroceder o seguir adelante. Ninguna es una mala opción, ambas te llevarán a tierra firme. Quizá sea más fácil retroceder, regresar al lugar de donde viniste y que sabes que es seguro; o podrías seguir adelante, arriesgarte a descubrir un paraíso terrenal o a decepcionarte por no encontrarlo enseguida.

Tu salvación es cuando encuentras un puente. Ese puente pueden ser personas o pasiones, lugares o experiencias, ese puente incluso se puede construir si tan solo te das el tiempo necesario. Aunque normalmente tendrás que meterte a nadar primero, seguramente muy pronto verás un puente a lo lejos; una nueva persona que te acogerá como si te conociera de siempre; un viejo amigo que seguirá interesado en hablar contigo, en saber cómo estás y darte ánimos para continuar; una actividad que te llenará de energía y te motivará a mantenerte firme; un lugar que te hará sentir diferente, extraño pero feliz.

Y de pronto el miedo a la soledad se te olvidará. Te darás cuenta que estuvo ahí y que en su momento tuvo razón de estar. Que quizá algunos te dejaron de hablar, tal vez no te olvidaron y su amistad no terminó pero sin duda su relación cambió, habrá algunos desconocidos que se vuelvan conocidos aunque no sean tan cercanos pero no importará pues al menos solo nunca estarás.

El miedo se desvanecerá cuando dejes de sentirte invasor y te comportes como invitado, cuando te des cuenta que todos somos desconocidos al inicio, que una amistad no es un chiste local o una fiesta juntos sino apoyo mutuo aun sin palabras o llamadas constantes, que la familia siempre será la raíz que te dio las bases y el tronco que te da la fuerza, que ninguna persona debe pertenecer a un lugar sino a un ideal y sobre todo cuando entiendas que vivir solo no es vivir en soledad.